Cuando doy vueltas por los grandes blogs de la red y observo la cantidad de visitas y firmas que tienen, me pregunto si alguien me leerá a mí. Es algo que nunca voy a poder saberlo con certeza. Ocurre que he decidido no instalar contadores ni agregar algún servicio de estadísticas gratis. Prefiero vivir, al menos en este proyecto (en otros lo hice, lo reconozco), manteniendo por siempre dicha incertidumbre.
Hoy no voy a contar alguna historia, ni sobrevolar por los conceptos que perforan día tras día mi cabeza. Quiero hablar de mí. Hace rato que quiero hacerlo y, supongo que por miedo, no me animo.
Últimamente tiendo a comparar mi vida con la de otros. Para mal y para bien. Me fijo qué tengo yo y cuántas de las cosas que tengo los otros morirían por tenerlas. Y luego doy un salto y me paro en la vereda de enfrente. Es decir: pienso qué cosas de los otros me gustaría tener. ¡Ojo! No hablo de envidia, sino de un análisis. Estudio de qué manera poder conseguir ciertas cosas que me gustarían.
Así es como me di cuenta de que no valoro muchas de las cosas que tengo. Desde lo laboral hasta lo sentimental. Observé que no son tantas las cosas que me gustarían tener de los demás, que estoy conforme con mi vida y con mi forma de ser.
Creo que dedicarme un tiempo para mí, para analizar mi cabeza y los pensamientos que rondan por ella, sirvió. Fue útil. Demasiado diría yo. Les recomiendo este ejercicio, creo que es sano y que todos, pero todos, van a llegar a la misma conclusión que yo. Prueben. Intentar no cuesta nada.