
Los viajes en micro, si estás solo, son medio embolantes. Y si son largos mucho más. Se tornan monótonos, insustanciales. Ese olor raro (a baño recién higienizado) que se siente cuando se sube al vehículo, es como la señal de que lo que te espera no va a ser justamente un Edén motorizado.
Yo hacía bastante que no tenía un viaje así. Me refiero a dos cosas: trasladarme solo y en un micro de larga distancia. Es como que ya me había olvidado de esa sensación de "no llego más". Esa que invade la mente cuando mirás pasar el color verde del pasto por la ventanilla.
Reconozco que a la ida lo toloré mucho mejor. Claro, eran las 23.30 cuando partí y los viajes de noche son menos tortuosos. Pero a la vuelta... Ay, a la vuelta sentía que el trayecto era más largo que el corrió Forrest Gump en la película. Creo que tuve prendido el reproductor de mp3 en el modo "aleatorio todos" durante el 70 por ciento del viaje. Para despejar un poco la mente nunca viene mal la música.
De todas maneras, estos días lejos de casa y sobre todo la soledad que sentí en el micro me hicieron dar cuenta de algo. Algo que no sabía y que ahora intentaré cambiarlo: soy muy perseguido. Estuve las 15 horas de viaje (entre ida y vuelta) pensando que alguien iba a venir a sentarse a mi misma butaca diciéndome "yo también tengo este número de asiento". No sucedió, pero hasta que el micro no dejó de cargar gente no pude sacarme ese pensamiento de la cabeza.
Sí, ya sé, me van a decir que soy un loco. Lo acepto. Algo de eso hay. Pero les juro que al menos eso me ayudó a embolarme menos en el recorrido. O eso creo.

Los cadáveres de una merienda en "el aire"
